Como tantos otros, no pude ser uno de los dos mil quinientos elegidos. Como muchos guardaba para mí una profunda aprehensión. Como tantos elegí la intimidad del aguantadero familiar y apelando a todas mis cábalas me dispuse a vivirlo frente a la pantalla, vestido de ocasión. No podía con mi ansiedad, sufrí los primeros minutos tenso, tembloroso, contracturado, era un manojo de nervios y súbitamente sin saber cómo, me descubrí a mí mismo, a un metro del piso, vociferando como un energúmeno.
El formidable
disparo del Comandante me eyecto mal, el puño crispado, la boca deformada por el grito destemplado, los ojos saliéndose de las órbitas y toda la furia contenida de la infartante semana previa, liberada en el rostro enajenado, provocando pánico ajeno.
Cuando volví a sentarme exultante y enloquecido de felicidad, adverti que mi hijo me miraba espantado, mi madre desaparecía a hurtadillas prefiriendo la intimidad del cuarto contiguo y el perro, con la cola entre las patas, huía a guarecerse entre sus trapos.
La solidez del equipo, su compromiso, entrega y actitud me fue reforzando la confianza y ya me envalentone cual barrabrava matón y pendenciero, increpe al árbitro, di órdenes precisas, discutí cuestiones tácticas y estratégicas e insulte hasta en lenguas muertas. Contra todos los pronósticos los Kboys se habían
hecho dueños y protagonistas del camposanto trucho y lejos de amedrentarse por el silencio y el recogimiento de los deudos presentes, seguían atacando, impiadosos y crueles, sumiendo a los sabahielos en los límites de la deshonra.
De pronto el guante del orgullo coscoino vuelve a acariciar la pelota para la entrada punzante del calvo delantero, que cuerpea, aguanta y pica con sutileza el centro buscando la cabeza de un compañero.
El manotazo desesperado solo diluye por instantes la magna explosión y
la atropellada heroica me sumerje de cabeza en un nuevo éxtasis orgásmico. Los minutos siguientes no dan ni apuro, ni un escarceo, ni un conato de rebelión, cunde el frizzer pectoral entre los aquamanes y en ese gélido panorama se diluye la primera parte.
El entretiempo sugiere expectativas, hasta el menos iluminado imagina que el entorno y la necesidad forzarían un imparable aluvión ictícola, pero la segunda parte es solo un calco de la anterior. Los cambios otorgan el oxígeno necesario, algun que otro estertor saca de su extensa y placentera siesta a nuestro desocupado portero.
Es tan obvia la escasez de aliento, que hasta un gallego se da cuenta y reclama con vehemencia manifiesta. Al no obtener respuesta alguna de la helada pingüinera, se borra reclamando las duchas y mascullando bronca procede a ejecutar un micrófono ambiental, mientras dedica unas sentidas palabras a sus simpatizantes.
Nos anulan un gol que merecía ser, un colorado no acierta tres tiros ni por un peso y hasta el travesaño se niega a colaborar apiadándose de nuestras coronarias.
Solo quedan minutos
pero mi pasión puede más, de un salto gano la calle y corro, corro al abrigo maternal de la institución, corro como un poseso por la Avenida desierta.
En lo alto de mi brazo derecho ondea una vieja bandera de los Tates de Burzaco, el izquierdo crispado de emoción, aprieta un raído gorro cabulero, mi corazón late a mil y un sentido lagrimón traicionero me nubla la visión momentáneamente.
La rotonda es punto de reunión de los primeros adelantados, la pajarera comienza a poblarse de arañas febriles, los ríos rojiblancos fluyen y las inmediaciones se desbordan en un océano infinito de banderas.
Se repiten las consignas en medio del incesante bombardeo, abundan los abrazos fervorosos, las interminables muestras de júbilo, los saludos y reconocimientos entre gritos desaforados y estentóreas carcajadas.
Arriban los transportes rebosantes de testigos de privilegio, la masa aumenta, se renueva y un rumor creciente corre como reguero de pólvora.
A escasas cuadras a paso de hombre avanzan los héroes al vaivén de una excitada marea tatengue, arrecia el aliento y resuena atronador el...
SOY TATENGUE!!!
Cuando el micro dobla el codo del Malvicino se sumerje
en el ojo de la tormenta perfecta, son miles de brazos anhelantes, son millones de jirones de garganta exhalados al viento como ofrenda.
Arboles, columnas, señalizaciones y escuela se transforman en tribunas improvisadas, un racimo de fanáticos se cuelga del micro y otro surfea en el techo.

Es delirio exacerbado, es alegría desbordante, es pasión pura que explota en aplauso cerrado y emoción arrasadora. Es la imagen indescriptible de una nueva y sublime demostración de afecto por los colores amados.
Y los discípulos de Frank navegan extasiados en el arrullo embriagador de esa caricia apoteótica, del único patrimonio invaluable que posee el glorioso
UNION DE SANTA FE… su propia gente, que enloquecida de alegría repite una y otra vez…
GRACIAS…!! GRACIAS...!!, por este apabullante, incuestionable y rotundo triunfo.
Y acunados en ese amor irrestricto, avanzan con el sentimiento a flor de piel, cuando un murmullo pícaro y cargado de sorna comienza a escucharse.
Los choferes lo advierten y detienen totalmente los micros, las ventanillas dejan paso a rostros sonrientes y brazos que se alzan al cielo rítmicamente, al compás de una vieja cadencia murguera.
Y en esa comunión tan especial que los identifica, el pueblo rojiblanco y sus ilustres representantes se funden en una masa compacta que erosiona el cemento, sacude las estructuras y sobresalta a la ciudad, entonando al unísono su ya legendario grito de guerra.... UN MINUTO DE SILENCIO… PARA EL NEGRO QUE ESTA MUERTO...!!!!